Agapito

Los curculiónidos constituyen una peculiar familia de escarabajos, cuyos integrantes se caracterizan por poseer las piezas bucales al final de una curiosa probóscide o trompita, lo que les otorga un aspecto de lo más entrañable. Yo tuve uno que comía arroz en casa. Se me enredó en el pelo mientras paseaba por un parque cercano a mi domicilio durante un receso en una dura y maratoniana jornada de estudio en plena época de exámenes.

El curculiónido en cuestión.

El curculiónido en cuestión.

Ocurrió en Moratalaz. Al llegar a casa, notar algo en mi pelo y sacudirme, cayó en mi escritorio. Lo bauticé con el nombre de Agapito, lo puse en un bote, practiqué unos agujeros en la tapa del bote para que Agapito no se asfixiara, y le eché unos granos de arroz, confiando en que fuera un Sitophilus oryzae similar al de la foto de arriba. Y lo era, efectivamente, porque se papeaba el arroz y estaba tan contento, o al menos lo parecía. Aguantó fresco, lozano y activo todo el tiempo que estuvimos juntos. Fueron días felices en mi vida.
Pero al cabo del tiempo, sentí que cada uno de nosotros debía seguir su camino en solitario, así que tomé la difícil, por triste, decisión de soltarlo en el jardín donde nos conociéramos por primera vez, seguro de que Agapito encontraría la felicidad siguiendo el camino marcado por sus instintos a través de la dura jungla que es el ecosistema de los parques urbanos. Conteniendo las lágrimas que afloraban a mis ojos desde lo más profundo de mi atribulado corazón, me despedí de Agapito y le transmití mis mejores deseos para su vida futura, lejos de mi cariño y mi protección, pero sin embargo cerca de su naturaleza y los suyos. Él giró su cabeza y me saludó con un leve movimiento de su trompita. Por su actitud, y si hubiera podido hablar, estoy seguro de que me habría dicho: «Fuerza y honor, camarada». Finalmente, se dió la vuelta y continuó su camino, decidido y valeroso. Yo estuve observando su marcha hasta que desapareció tras una rama de rosal. No supe más de él, pero estoy seguro de que encontró una preciosa curculiónida que lo bendijo con cientos de miles de pequeños y adorables bichitos con trompita que extendieron sus genes triunfadores, valerosos y honorables a lo largo y ancho de las zonas verdes de Moratalaz.
Hasta siempre, Agapito. Fuerza y honor, camarada.

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Trenes, bolos de madera y ética periodística

«Como casi toda España sabrá a estas alturas, el pasado día 24 de julio por la tarde se produjo un escalofriante accidente de tren a pocos kilómetros de la estación de Santiago de Compostela. Al parecer, se trata del accidente ferroviario más grave de los últimos 40 años en España, y el primero con víctimas mortales, 80 hasta el momento, en la historia de la alta velocidad patria.

Aún estamos a la espera de que se analice la caja negra del tren, tras prestar declaración el conductor del convoy, Francisco José Garzón, imputado por un delito de homicidio por imprudencia. Adicionalmente, las dos investigaciones abiertas, una judicial y otra administrativa, acaban de echar a andar. Sin embargo, y pese a estas minucias sin importancia, el país entero, con algunos de los «grandes medios de comunicación» al frente, ya se ha entregado a una orgía de especulaciones, dimes y diretes, juicios de valor gratuitos y acusaciones veladas. Todo ello, por supuesto, sin el más mínimo respaldo basado en hechos y evidencias contrastables y sin esperar a las conclusiones de las investigaciones en marcha. Con dos cojones y un palito, como nos gusta en la piel de toro.»

Así comienza mi último artículo publicado hoy en La Página Definitiva, que podéis leer completo aquí.

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Cine: La vida de Pi [Life of Pi] (Ang Lee, 2012)

“La crítica internacional describe a Ang Lee como un director de cine «camaleónico». Y no seré yo, desde luego, el que le lleve la contraria a la crítica internacional esa, tras asistir, atónito, al fenómeno por el cual el realizador de cintas maravillosas e inolvidables como «Yin shi nan nu [Eat Drink Man Woman]» (1994), «Sense and Sensibility» (1995) o «Wo hu cang long [Crouching Tiger, Hidden Dragon]» (2000) (ninguna de las cuales he visionado personalmente, por lo que en realidad no tengo ni la más remota idea de si son maravillosas o inolvidables, pero qué coño, estamos en LPD y tener la más mínima noción sobre aquello de lo que estamos hablando restaría frescura y espontaneidad a nuestra florida prosa), el fenómeno por el cual el realizador de dichos filmes, decía, se ha marcado un bluff de la calaña del que nos ocupa en esta ocasión.

Nos encontramos ante una película estadounidense firmada por un director taiwanés y que tiene como protagonistas principales a un muchacho indio (de la parte francesa) que vive en Canadá y un tigre de Bengala. Toda esta multiculturalidad, talante y buen rollito, que habrían hecho las delicias de nuestra mismísima Bibiana Aído, su célebre Ministerio de Igualdad y todo el gabinete Zapatero en general, han demostrado en este caso no ser suficientes para compensar las notables carencias cinematográficas de las que adolece este celuloide.”

Así comienza mi artículo publicado hoy en La Página Definitiva. Podéis leer el artículo completo aquí.

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La evolución mediante Audi

Alguien me contó, en cierta ocasión, que hace mucho tiempo, un par de décadas, imagino, los directivos de la conocida marca automovilística Audi estaban preocupados por el bajo nivel de ventas de la compañía. Les parecía sorprendente que no vendieran más coches, puesto que fabricaban modelos técnicamente impecables a unos precios muy competitivos. Como consecuencia de esta preocupación, decidieron contratar a un infalible asesor económico, que previamente había conseguido multiplicar las ventas de varias compañías que atravesaban una situación similar a la suya. Una vez realizado el pertinente estudio, el asesor fue tajante en cuanto a las dos acciones que debían llevar a cabo de inmediato: por una parte, subir los precios; y por otra, en la publicidad, incluir alguna frase en alemán junto a la marca de la compañía. Con la segunda acción, supongo que se pretendía acentuar el hecho de que los automóviles de la compañía estuviesen fabricados en uno de los países más respetados internacionalmente por su tecnología automovilística, y grabarlo en la mente de los consumidores. Pero es la primera de las acciones sugeridas la que consiguió llamar mi atención.

Aun a riesgo de que la historia en cuestión resulte ser una leyenda urbana, y elementos característicos no le faltan, lo cierto es que tal circunstancia no invalidaría para nada la reflexión que provocó en mi cabeza. La primera acción consistía en subir los precios de todos los modelos en el mercado. De esta manera, conseguirían introducir en el conjunto de los consumidores la idea de que Audi era una verdadera marca de automóviles de lujo y podrían competir con marcas de la talla de BMW o Mercedes en igualdad de condiciones. Curiosamente, la anécdota cuenta que no les hizo falta mejorar el apartado tecnológico, puesto que ya era de una calidad excepcional, sino simplemente aumentar unos precios que probablemente estaban haciendo llegar al público un mensaje erróneo sobre el nivel de sus vehículos. Como parece evidente, la supuesta medida supuso un éxito absoluto, puesto que, hoy en día, ser el propietario de un Audi otorga una categoría que se puede situar a un nivel comparable a la que otorga serlo de un BMW o de un Mercedes, aunque entiendo que habrá quien no opine así. En cualquier caso, esto me trae una reflexión a la cabeza: parece ser que para convencer a los demás de que un producto es realmente de calidad y merece la pena poseerlo, la mejor estrategia es señalizar esa calidad. Es decir, imponer a la posibilidad de conseguirlo un handicap que lo haga inalcanzable a una parte de la sociedad, esto es, a la de menor poder adquisitivo, de manera que el poseer uno de esos productos le aporte a su comprador no sólo los beneficios derivados del producto en sí mismo, como pueden ser en este caso la posibilidad de desplazamiento, el confort, la seguridad y todas esas cosas que tendrían mejor cabida en un anuncio de Audi que aquí. Además, le otorga poder, le ofrece la posibilidad de ir exponiendo públicamente su estatus social y de transmitir a los demás el mensaje de que él está por encima de la mediocridad. Y si el comprador es de sexo masculino, además, le permite transmitir un mensaje al sexo opuesto sobre su idoneidad como pareja y como potencial padre, al disponer de los recursos económicos necesarios, y lo más importante, la actitud necesaria para conseguirlos.

Lo curioso de todo esto es que ese patrón de comportamiento, de manera extraordinariamente fiel, se reproduce en muchísimas especies animales del planeta. Responde a un mecanismo comportamental descrito en 1975, y conocido como el principio del handicap. Según dicho principio, las señales de estatus social y de calidad individual que suponen una dificultad, un obstáculo para el que las porta, como por ejemplo la enorme y espectacular cola del pavo real o la gigantesca nariz del násico o mono narigudo, transmiten una cantidad enorme de información sobre la calidad genética de sus portadores, ya que el coste fisiológico y ambiental que supone desarrollarlas y mantenerlas es tan elevado, que sólo los individuos en mejores condiciones físicas se pueden permitir exagerarlas y aun así ser capaces de sobrevivir y estar en disposición de generar descendencia fértil. Estas señales son necesariamente honestas, puesto que un individuo de calidad inferior no sería capaz de producirlas, mantenerlas y ser capaz de sobrevivir hasta la edad de reproducirse. Es decir, su coste las hace honestas.

Si hay alguien que esté leyendo esto que piense que la evolución se ha detenido en la especie humana porque ya no nos afecta la selección natural, le recomiendo que siga leyendo, y si hay alguien que directamente no cree en la evolución, le aconsejo que espacie un poco más en el tiempo sus visitas a la iglesia. Por supuesto, esas señales no se limitan a caracteres morfológicos como los dos mencionados anteriormente, sino que incluyen comportamientos tan curiosos como los espectaculares saltos de las gacelas de Thompson macho frente a los guepardos, como diciendo a las hembras “mira si soy un machote y estoy en buena forma física que me permito vacilar delante de un depredador y aún así sigo vivo”, o incluso la posesión de un territorio y la calidad del mismo, que transmiten un mensaje claro sobre la capacidad del macho para conseguir un territorio, y encima un buen territorio (no todos los machos llegan siquiera a conseguir uno). De manera análoga, la posesión de un Audi por parte de un ser humano de género masculino transmite una información clara sobre su nivel económico y, lo más importante, sobre su posición social. ¿Por qué es esto importante? Porque eso es lo que hace a la señal honesta.

Imaginemos el caso de un carbonero común, especie cuyos machos cuentan con una mancha negra en el plumaje del babero (la parte inferior del cuello). Esta mancha negra ha sido relacionada directamente con la posición social o la dominancia de cada macho en la población: los machos con un área negra más extensa suelen ser los dominantes y tienen acceso a un mayor número de hembras y a mejores territorios, y a su vez, sólo los machos de mayor calidad y en mejores condiciones físicas serán capaces de desarrollar y mantener una mancha de mayor tamaño, pues la síntesis de la melanina necesaria para tal empresa conlleva un elevado coste fisiológico. ¿Qué pasa si un macho de calidad inferior decide intentar engañar a las hembras y desarrollar una mancha más grande de lo que le correspondería por su estatus social? Que se daría cuenta de que tal comportamiento no sale gratis: estaría invirtiendo una cantidad de recursos tal en desarrollar la mancha negra, que no podría mantenerse en una buena condición física después de semejante esfuerzo fisiológico, y tendería a perder todos los enfrentamientos con los otros machos, por lo que quedaría en evidencia su inferior categoría social, así como su intento de engaño. Porque los machos dominantes, los de verdad, no sólo tienen que parecer dominantes por medio de la mayor extensión de la mancha negra de su plumaje, sino que también tienen que demostrar esa dominancia ganando enfrentamientos con el resto de machos por el territorio. Los machos de mayor calidad son los que experimentarán más enfrentamientos (por tener los mejores territorios y, por lo tanto, los más deseados), por lo que sólo los que de verdad demuestren estar en las mejores condiciones podrán realmente ser dominantes. Recordemos, el propio coste de las señales las hace honestas.

De manera análoga, podemos preguntarnos lo que pasa cuando alguien a quien su situación pecuniaria le llega justito para comprarse y mantener un Ford Fiesta decide adquirir un Audi de alta gama, aunque la respuesta es evidente. Pero podemos preguntarnos algo más interesante: ¿qué pasa cuando alguien con una situación económica desahogada pero perteneciente a una clase social diferente a la que le correspondería por sus ingresos decide hacerse con un Audi de alta gama? Pensemos por ejemplo en uno de los muchos españoles que durante el pasado boom inmobiliario decidieron dejar los estudios antes de tener el Graduado Escolar y se pusieron a realizar alguna actividad relacionada con la construcción. Probablemente más de uno, al verse con 3.000 euros mensuales en el bolsillo y toda la vida por delante, decidió agenciarse un Audi de los caros. Si alguna chica se fijó en él por el coche que conducía, probablemente quedó decepcionada al comprobar que no era la persona culta, madura y bien posicionada socialmente que el coche le prometía. Aquí tenemos reproducido, fielmente, el caso del carbonero tramposo. Eso sí, a este chavalote siempre le queda la opción de ponerle unos alerones y unas luces de neón en los bajos al Audi e irse a fardar en algún polígono a las afueras de la ciudad, donde seguro que triunfa con las Jennis.

Si es que somos como animales…

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Mould Civilization. The Legend.

It has just come into my head, that is the way human cerebral physiology works, an amazing story which took place in what it was my dwelling some time after arriving to this corner of the rural England (well, actually, to be honest, I have also just found the text where I narrated that story). An awesome account about the cruel and ruthless fighting for life, about survival and evolution. This one is for you, ladies and gentlemen…

The concept of cleanliness according to a British post-teenager.

It happens that the sons of…the United Kingdom with whom I lived at that moment left, on certain occasion, a mug in the kitchen containing an undetermined liquid, tea I reckon, and eventually they forgot about the mug, as well as the liquid inside. It was full to approximately one quarter of its capacity or so. Days went by, and with the poor mug fallen into the most absolute oblivion, at least by its legitimate owners, mould did not take long to show up. In the beginning there were only some shy and minute colonies floating on the surface, which I made out by chance one day while I was washing my own stuff, even if as time passed, a morbid and irresistible interest for the mug with the corrupt liquid started to take over my will, forcing me to have a daily look at the microscopic invaders’ progress. As time went by, the shy colonies gradually turned into a robust and thick layer covering all the surface of the liquid, and this surface itself started acquiring a consistency close to that of the candy floss you can buy in small villages’ festivals, with those windy filaments rising beyond the half of the mug’s height, whereas the liquid contained inside became more and more inconsistent and transparent, undoubtedly due to the unceasing work of  our tiny friends in their effort to extract even the last single nutritious particle from that miraculous soup. The clock ticked on relentlessly, hours were flying by, hours became days, days became weeks, and as these got lost in the mists of time, an odd as well as fascinating phenomenon took place in front of my surprised eyes: the level of the nutritious liquid contained in our well-known mug was unavoidably decreasing, as a result of the tireless oxidative effort of our sexless protagonists. After an unknown period of time, as so long it was that I cannot clearly recall it, the liquid disappeared, literally devoured by the avid colonies of microscopic fungi, so that only some rickety, thin and pulverulent colonies were still left, adhered to the bottom of the mug in a last and desperate attempt to find their way through the race of survival, but unfortunately condemned to the slowest and cruelest death throes due to starvation. Yes, my friends, I witnessed the birth, height and decline of a population, what do I mean a population! A society, a civilization in miniature. During the course of the time while I enjoyed a privileged position as an observer, entire mould genetic lineages perished in the most absolute ignominy while others, better adapted to the mug, arised by punctual mutations and perpetuated their succesful genes all over their liquid habitat.

The conclusion we can draw about all this is clear: undergraduate post-teenager students are so dirty, fucking hell!

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Mould Civilization: Genesis

This is the start of Mould Civilization, a blog where to bring together the numerous ramblings which come across my brain all the time and end up being lost in the mists of time.

In an attempt to inmortalize those stories and ideas which come to my mind in the most unexpected moments, I have won the battle over laziness and inactivity and, at last, decided to open this window to the world.

So then, Mould Civilization is born today, named after the title of one of the stories I am most proud of having ever created in my humble career as an amateur writer.

I hope you enjoy it as much as I expect to enjoy writing it.

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Moho Civilization. La leyenda.

Me ha venido a la cabeza, cosas de la fisiología cerebral humana, una sorprendente historia que tuvo lugar en la que fue mi morada al poco de llegar a este rincón de la Inglaterra rural (bueno, y también me he encontrado con el texto donde se narra dicha historia, para qué nos vamos a engañar). Una sobrecogedora historia acerca de la cruel y despiadada lucha por la vida, de supervivencia y de evolución. Va por ustedeh…

Concepto de limpieza según un postadolescente británico

Resulta que los hijos de la Gran… Bretaña con los que vivía antes se dejaron en cierta ocasión una taza en la cocina con un líquido indeterminado, supongo que sería té, y posteriormente se olvidaron de la existencia de dicha taza, así como del líquido contenido en su interior. Estaría llena de líquido hasta algo así como un cuarto de su capacidad. Pasados los días, y con la pobre taza sumida en el más absoluto de los olvidos, al menos por parte de sus legítimos dueños, no tardaron en aparecer nuestros fúngicos amigos los mohos. Al principio eran sólo unas tímidas y diminutas colonias flotando sobre la superficie, que divisé un día por casualidad mientras fregaba mis propios utensilios, si bien con el paso de los días un interés morboso e irresistible por la taza con el líquido corrupto se fue adueñando de mi voluntad, obligándome a echar una ojeada cada día a las evoluciones de los microscópicos invasores. A medida que avanzaba el tiempo las tímidas colonias se fueron transformando en una robusta y consistente capa que cubría toda la superficie del líquido, y ésta a su vez fue adquiriendo una consistencia cercana a la del algodón de azúcar de las ferias de pueblo, con esos enrevesados hilillos subiendo hasta más arriba del ecuador de la taza, al tiempo que el líquido contenido en la misma se iba tornando más y más inconsistente y transparente, debido sin duda a la incansable labor de nuestros simpáticos seres en su afán de extraer hasta la última partícula nutritiva de aquel caldo milagroso. El reloj seguía corriendo incansable, a las horas les sucedían los días, a éstos las semanas, y conforme estas últimas se iban sumiendo en la niebla del olvido, un extraño a la par que apasionante fenómeno tenía lugar ante mis sorprendidos ojos: el nivel del nutritivo líquido contenido en nuestra ya célebre taza iba disminuyendo irremisiblemente, fruto de la abnegada labor oxidativa de nuestros asexuados protagonistas. Al cabo de un período de tiempo indeterminado, pues tan extenso fue que rememorarlo con claridad no puedo, el líquido desapareció literalmente devorado por las ávidas colonias de hongos microscópicos, por lo que lo único que restaba en la taza eran unas raquíticas, delgadas y pulverulentas colonias adheridas al fondo en un último y desesperado intento por abrirse camino en la carrera por la supervivencia, pero desgraciadamente condenadas a la más cruel y lenta de las agonías por inanición. Sí, amigos, fui testigo del nacimiento, apogeo y decadencia de una población, qué digo población, una sociedad, una civilización en miniatura. Durante todo el tiempo que disfruté de mi privilegiada posición de observador, estirpes genéticas enteras de mohos perecieron y se extinguieron en la más absoluta ignominia mientras que otras mejor adaptadas a la taza de té surgieron por mutaciones puntuales y perpetuaron sus genes triunfadores a lo largo y ancho de su líquido hábitat.

La conclusión que podemos sacar de todo esto es clara: ¡Qué putos marranos son los universitarios ingleses, la madre que los parió!

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