Agapito

Los curculiónidos constituyen una peculiar familia de escarabajos, cuyos integrantes se caracterizan por poseer las piezas bucales al final de una curiosa probóscide o trompita, lo que les otorga un aspecto de lo más entrañable. Yo tuve uno que comía arroz en casa. Se me enredó en el pelo mientras paseaba por un parque cercano a mi domicilio durante un receso en una dura y maratoniana jornada de estudio en plena época de exámenes.

El curculiónido en cuestión.

El curculiónido en cuestión.

Ocurrió en Moratalaz. Al llegar a casa, notar algo en mi pelo y sacudirme, cayó en mi escritorio. Lo bauticé con el nombre de Agapito, lo puse en un bote, practiqué unos agujeros en la tapa del bote para que Agapito no se asfixiara, y le eché unos granos de arroz, confiando en que fuera un Sitophilus oryzae similar al de la foto de arriba. Y lo era, efectivamente, porque se papeaba el arroz y estaba tan contento, o al menos lo parecía. Aguantó fresco, lozano y activo todo el tiempo que estuvimos juntos. Fueron días felices en mi vida.
Pero al cabo del tiempo, sentí que cada uno de nosotros debía seguir su camino en solitario, así que tomé la difícil, por triste, decisión de soltarlo en el jardín donde nos conociéramos por primera vez, seguro de que Agapito encontraría la felicidad siguiendo el camino marcado por sus instintos a través de la dura jungla que es el ecosistema de los parques urbanos. Conteniendo las lágrimas que afloraban a mis ojos desde lo más profundo de mi atribulado corazón, me despedí de Agapito y le transmití mis mejores deseos para su vida futura, lejos de mi cariño y mi protección, pero sin embargo cerca de su naturaleza y los suyos. Él giró su cabeza y me saludó con un leve movimiento de su trompita. Por su actitud, y si hubiera podido hablar, estoy seguro de que me habría dicho: «Fuerza y honor, camarada». Finalmente, se dió la vuelta y continuó su camino, decidido y valeroso. Yo estuve observando su marcha hasta que desapareció tras una rama de rosal. No supe más de él, pero estoy seguro de que encontró una preciosa curculiónida que lo bendijo con cientos de miles de pequeños y adorables bichitos con trompita que extendieron sus genes triunfadores, valerosos y honorables a lo largo y ancho de las zonas verdes de Moratalaz.
Hasta siempre, Agapito. Fuerza y honor, camarada.

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