La mano que mece la cuna

 

Nací una noche tormentosa de verano… un jueves de enero a las diez y diez. Ya desde mi más tierna infancia manifesté una irresistible atracción hacia todo tipo de entes orgánicos de existencia autónoma, por lo que mi tiempo de ocio transcurría plácidamente en la observación de alimañas variopintas mientras se arrastraban por el sustrato, babeaban o excavaban galerías, al tiempo que mis coetáneos pugnaban por despuntar en el noble arte del balompié.

Una combinación de este interés malsano por las bestias de la Tierra y una capacidad para la observación y la controversia en ocasiones rayanas en lo absurdo, provocaron, por un lado, que encaminara mis pasos irremisiblemente hacia la Ciencia, y por otro, mi rendición a los encantos de la Literatura como vía de escape hacia universos paralelos. La consagración de mi existencia a desvelar los secretos mejor guardados del mundo natural motivó mi llegada a la desembocadura del río Fal, donde me afano en alcanzar la excelencia académica por medio del método hipotético-deductivo. Mientras tanto, mi pasión por la palabra escrita me empujó a habilitar este minúsculo espacio virtual en la red de redes como plataforma para dar cabida a mis pontificaciones sobre lo divino y lo humano.

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